La dura verdad: liberalismo existencial

Y añadimos que el hecho político central de estos últimos treinta años ha pasado desapercibido. Porque se ha desarrollado en una capa de lo real tan profunda que no puede llamarse “política” sin ocasionar una revolución en la noción misma de política. Porque a fin de cuentas, esta capa de lo real es aquella donde se elabora la partición entre lo que se admite como real y el resto. Este hecho central es el triunfo del liberalismo existencial. El hecho de que se admita en lo sucesivo como natural una relación con el mundo basada en la idea según la cual cada uno tiene su vida. Que ésta consiste en una serie de elecciones, buenas o malas. Que cada uno se define por un conjunto de cualidades, de propiedades, que hacen de él, según una ponderación variable, un ser único e irremplazable. Que el contrato sintetiza adecuadamente el compromiso de los seres entre sí, y el respeto, toda virtud. Que el lenguaje no es más que un medio para hacerse entender. Que cada uno es un mi-yo entre los otros mi-yo. Que el mundo está en realidad compuesto de cosas a gestionar y de un océano de mi-yoes. Que estos últimos tienen, por otra parte, la enojosa tendencia a transformarse en cosas a fuerza de dejarse gestionar. Por supuesto, el cinismo sólo es uno de los posibles rasgos del infinito cuadro clínico del liberalismo existencial: la depresión, la apatía, la deficiencia inmunitaria –todo sistema inmunitario es de entrada colectivo–, la mala fe, el hostigamiento judicial, la insatisfacción crónica, los vínculos negados, el aislamiento, las ilusiones ciudadanas o la pérdida de toda generosidad, también forman parte de este. (Tiqqun, Llamamiento)

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